La América indolente de Kafka



América, novela inconclusa de Franz Kafka y escrita a principios del siglo XX, anticipa algunos de los males modernos derivados de la industrialización vertiginosa de Norteamérica que, para el caso, comienzan con el impacto del desarraigo del hombre de su familia y su entorno, quien se busca a sí mismo en una sociedad liderada por el mandato de la generación de riqueza y que, como resultado, tamiza a los seres humanos como subproductos útiles o desechables.

El abandono, la soledad, la efervescencia de la economía norteamericana de comienzos del siglo XX, la consiguiente migración a los centros productivos con sus tropas de obreros mal pagos, las interminables jornadas de trabajo, los hombres con sueños de riqueza, la exhibición de la riqueza, la velocidad que no da tiempo a decantar nada, el lumpen que queda como residuo de las interacciones sociales, e incluso la ingenuidad, las esperanzas y las pequeñas ayudas de algunos, son los temas con el que Kafka dejó un esbozo de que se traía la revolución industrial.

De este modo, el desdibujamiento del papel que debería desempeñar la familia, se presenta como un asunto del cual emergen diferentes problemáticas que afectan la sociedad.

En América observamos cómo un adolescente de 16 años es enviado contra su voluntad a otro continente por sus padres, para evitar los efectos de haber embarazado a una mujer de 35 años, lo que se traduce en una expulsión de su familia, lo cual amén de que se convertirá en un patrón cíclico de abandono, riñe con el papel de la familia, que es, o debería ser, el de proteger y dar apoyo a sus miembros.

A su turno, el apoyo de su tío, del que se esperan resultados prometedores está supeditado a un máximo de obediencia y rectitud, que muy pronto, y con muy poco, se verá retado por Karl (el protagonista de la obra), dado que el continuo cambio y por ende la necesidad de la toma de decisiones por sí mismo es parte de la condición del ser humano. ¿Cómo puede un hombre, y especialmente un adolescente, ajustarse a las normas de su familia y a su vez tener libre albedrío? No es gratuito que muchos jóvenes emancipados a una corta edad, sin haber podido resolver ese predicamento, sean golpeados por la sanción o la apatía de la sociedad con todo su rigor.

En nuestros días, tener una familia, ser parte de ella, apoyarse en ella, es un privilegio, y refiriéndonos a privilegios no son solo los económicos, sino los privilegios emocionales que tiene un ser humano al cual se la ha permitido desarrollarse en un ambiente sano, donde puede potencializar todas sus habilidades. La falta de ese espacio de valoración del individuo, sin lugar a dudas, contribuye de gran manera a la aceptación de trabajos mal remunerados, desprovistos de mínimos de seguridad social, de protección y respeto.

Kafka nos muestra a lo largo de la travesía de Karl, su soledad y consiguiente vulnerabilidad, que puede ilustrarse en este diálogo del inicio de su llegada a América:

-¿Viene usted solo? ¿Nadie lo acompaña?
-Sí, solo.
<<Quién sabe si no debería yo quedarme cerca de este hombre -tal idea cruzo de pronto por la cabeza de Karl-; ¿Dónde hallaría yo en estos momentos un amigo mejor?>> (Kafka,4)

El ser humano es un ser social por naturaleza, sabemos que necesitamos de los otros para poder desarrollarnos, para vivir, en el caso de Karl, para sobrevivir.

Posteriormente encuentra en su tío el amparo, cuidado y protección que necesita, pero del cual es apartado abruptamente y por un motivo baladí, al igual que de su familia.

Asustado, vulnerable, y buscando cómo sobrevivir, Karl se ve compartiendo con dos nuevos amigos, con quienes se identifica, ya que también son migrantes, y espera con ellos encontrar trabajo y enderezar su camino. Los abusos por parte de estos nuevos amigos son constantes, pero Karl lo soporta porque no tiene a nadie más, hasta un punto que le es intolerable: en su ausencia, sus compañeros han abierto su baúl, que representa su única posesión y la que se aferra por ser símbolo de su familia, y de su intimidad, y donde atesora la única fotografía de sus padres, y que le es extraviada.

A pesar de su corta edad y sus circunstancias adversas, Karl sigue profesando cariño hacia sus padres, sin resentimientos, aceptando su soledad, vulnerabilidad, el capricho y dureza de su entorno y ocupando su energía en desarrollar los medios para sobrevivir.

Por otra parte, el ritmo vertiginoso del Nueva York que presenta Kafka, con una masa de gente trabajadora, sin tiempo, mal pagada, indefensa ante el poder, y donde todo transcurre rápidamente, refleja este capitalismo norteamericano que, aunque es una esperanza para los pobres que migran de Europa, es visto por él con desazón.

La empresa del tío de Karl Rossmann es una máquina frenética de hacer negocios, las condiciones de este varían a velocidad absurda. De un viaje en Barco que inicia con un destino vital es incierto, Karl desembarca en Norteamérica con el buen augurio por el apoyo de un tío rico y poderoso, quien aproximadamente dos meses después lo abandona a su suerte. En poco menos de 48 horas el optimismo resurge al obtener un empleo que ni siquiera está solicitando, y que aprovecha siendo un trabajador ejemplar, pero que en un par de meses se marchita, al ser despedido. Ni qué hablar del hecho de que al final la novela da dos saltos más, sin tener una justificación, ni explicación de los plazos en que transcurren, uno en que Karl aparece llevar a Brunelda lejos de Delamarche, y otro en que se recluta en un circo con empleos a la medida de sus escasos estudios.

Y no es que la rapidez o la velocidad sean malas en sí mismas, ya decía Italo Calvino (1985):

En la vida práctica el tiempo es una riqueza de la que somos avaros; en literatura, el tiempo es una riqueza de la que se dispone con comodidad y distanciamiento: no se trata de llegar antes a una meta establecida: al contrario, la economía de tiempo es algo bueno porque cuanto más tiempo economicemos, más tiempo podremos perder. (Calvino, 30)

El punto es que entre los saltos de su historia, las extenuantes jornadas de trabajo, la necesidad de trabajar en lo que sea de esta población de obreros que se narra, los cambios de situación de nuestro protagonista, ponen de presente la ausencia de una vida aparte del trabajo. Es un trabajar para volver a trabajar. Un ir de acá para allá, para llegar a otro punto de donde se debe comenzar. Pero no es solo que sea un viaje interminable, porque quizá en eso estemos, es la imposibilidad de que exista un momento de descanso, un momento de reflexión, un momento para revisar, para ajustar, para disfrutar o simplemente no hacer nada.

Esta sensación de una vida opresiva, en la que no existe otra cosa distinta al trabajo, en una sucesión veloz de días y eventos, es reforzada, paradójicamente, con una descripción en detalle, agobiante y por momentos absurda de la vida cotidiana de los personajes. Un ejemplo de ello es la conversación que Karl inicia con el estudiante que es vecino del apartamento donde está atrapado por Delamarche. Allí, en lugar de que Karl pida ayuda para liberarse, lleva una conversación exasperantemente tranquila, en la que termina concluyendo lo conveniente que es aceptar ese trabajo que le ofrece Delamarche, y que en realidad, ni es un ofrecimiento, ni es un trabajo, sino es la rendición a ser un sirviente forzado de aquél y de Brunelda.

A propósito del trabajo, sin duda, estamos ante una representación de la parte oculta del sueño americano. Trabajo hay, claro, mal remunerado, excesivo, en que el hombre es un simple instrumento del capital, que se engrana a la maquinaria productiva, que puede ser reemplazada en cualquier momento dado que no se requiere de ninguna cualificación especial, y que recoge las migajas que va quedando en las ciudades industriales.

Este retrato del trabajador se expresa en el recorrido descendente hecho por Karl, que pasa de hijo de familia, pasando por migrante con un tío poderoso que parecía abrirle las puertas del paraíso, a ser un ascensorista de hotel con jornada de doce horas continuas, caer al fondo de la red como un sirviente forzado de Delamarche, para terminar en un extraño mundo -que quizá es el más allá-, donde podrá ser empleado como un cuasi técnico. Como indica Juan Diego Incardona (2003), efectivamente la historia de Karl es un viaje, pero en este caso, un viaje al infierno. A diferencia del viaje del héroe que al final ve recompensados sus esfuerzos, nuestro protagonista obtiene como premio un empleo a su medida (a la medida de unos escasos estudios en Europa, que en Norteamérica no tienen valor alguno). Es decir, ni aún en el más allá, en el infierno, en el final de su historia, se liberará de su condición de trabajador en un empleo precario.

En este llegar al fondo, Karl se identifica bajo el nombre de “Negro”, como una clara representación del anonimato, de la pérdida de identidad, como el recurso que les queda a los “sin nombre”, a los irrelevantes; y que al fin y al cabo, también podría ser interpretado complementariamente, en que, con una renovada esperanza inmotivada, se presenta ante él un nuevo comienzo, para lo que requiere elegir una nueva seña de identidad, porque finalmente, su viejo nombre, y el apellido que representa su familia, no le ha servido.

No obstante que los obreros, o mejor, la gran masa de trabajadores, en algunas partes del mundo, con el paso del tiempo terminaron teniendo con el consumo el regalo envenenado de la felicidad capitalista (un espejismo), los resultados descritos por Kafka siguen presentes: la vulnerabilidad del trabajador no calificado, la ausencia de tiempo no solo por los horarios de trabajo, sino por los desplazamientos, el abuso del poder, el intrincamiento entre política y poder económico y la generación de marginados.

La sorpresa es que, aunque el capitalismo presenta ejemplos gráficos convincentes como los que da cuenta Kafka, el mal quizá se originó mucho antes. Según Yuval Noah Harari (2015), el homo sapiens se esclavizó desde la revolución agrícola, pasando de ser un hombre cazador-recolector, con libertad para moverse de un sitio a otro, con alimentación variada, que invertía pocas horas al día a recoger alimentos y cazar, con actividades más placenteras y variadas, y tiempo para pasar con sus familias y grupos, a ser esclavo de las exigencias y contrariedades de sus cultivos (jornadas extenuantes, dolencias físicas por las actividades de cultivo y las eventualidades de perdida de cosechas), a permanecer en un solo lugar, a tener una dieta menos variada, a estar expuesto a enfermedades por las aglomeraciones humanas, y con poco tiempo para sí mismos y sus familias.

El residuo social que deja de la producción capitalista es ilustrado con Delamarche y Robinson. Son los marginados, los perdedores, los que no alcanzan siquiera la calidad de trabajador. Su existencia se permite porque no son realmente visibles, no generan un impacto significativo al orden establecido. Son los personajes que bajo otras formas y otros nombres seguirán apareciendo en la literatura del siglo XX; por mencionar uno de ellos, los que pueblan el universo creativo de Charles Bukowski.

Autores:

YAMILE ROMERO PINZÓN Y PAULO JAVIER OCHOA SILVA



Bibliografía



Incardona, JD (2003). www.franzkafka.es. América y La metamorfosis: dos viajes kafkianos a la frontera. Sevilla. En: http://www.accionarte.com/kafka/html/ensayos/ensayos/ensayo17-incardona- americaylametamorfosis.htm

Calvino, Italo. (1985), Seis propuestas para el próximo milenio, Recuperado de https://audiocreativa.files.wordpress.com/2017/03/calvino-italo_-seis-propuestas-para-el-proximo-milenio.pdf

Harari, Yuval Noah (2015), De animales a dioses, Bogotá, Colombia, Penguin Random House Grupo Editorial S.A.S

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